Quede aquí constancia de que lo que sigue bien podría haber sido algo distinto de haberse despertado uno con otra agenda. Pero no ha sido así, así que así es.

En esta entrada de este tan afamado y muy leído blog, no hablamos en concreto de una o varias pelis, ni del fenómeno del cine como tal. Nope. Y mira que ya me gustaría hacerlo, porque vengo de ver chifladuras de las que me gustan como «Los fantasmas atacan al jefe» y «El menú», y bien seguiditas. Peeeero lo que pasa es que en ocasiones uno ha de arremangarse y combatir las cosas que no le parecen bien, porque para algo somos seres obcecados y con ganas de adoctrinar.

Dos amigotes. Resulta que uno es un fantasma taxista, pero no reparemos en ello.

El caso es que a día de hoy (dato evidente para mí, que escribo hoy, pero no necesariamente para ti), estaba viendo una crítica express de Alejandro G. Calvo sobre Avatar 2: El Retorno del Jedi, echándome unas buenas risas, porque en este vídeo Alejandro me ha resultado particularmente divertido. Olé él y su trabajo.

Pero en medio de tanto gozo ha listado una serie de pelis de Cameron (para los despistados, el director de Avatar(s) y de otras como… Titanic). Este me ha parecido un ejercicio útil para el video, y que no recrimino, faltaría más. Las pelis que ha ido citando las tenía todas en el radar, pero me ha recordado a otra crítica suya de una peliculilla que protagoniza Amy Adams (que no he visto por cierto), en la que las pelis que comentaba eran de Dario Argento y del cine Giallo.

Y aquí viene la gracia, porque yo no he visto ni una triste peli de Argento. Ni Suspiria ni nada que se le parezca. Y diría yo que me gusta esto del cine.

Qué delito!

Bueno, no tanto como delito, amigo de internet. Respira. Lo que planteo es que en el mundo del cine (pero también de la literatura, música y otros que ahora no se me ocurren), se confunde el disfrute con el archivo.

Un archivero mira de lejos a un cinéfilo.

Con esta burda sandez llegamos al duelo inventado entre el cinéfilo y el archivero. Para tener claro de qué pata cojeamos, dejo claro que yo soy del bando anti-archivero (ahora lo entenderemos, paciencia, paciencia) El duelo realmente no lo es entre ellos, que viven en paz y sin preocuparse el uno del otro. El duelo es más bien lingüístico, pues es referido al significado que damos al concepto de cinéfilo. Comenzamos.

Yo diría que yo soy cinéfilo, porque me gusta el cine. ¡Eureka! no es muy complejo, ¿verdad?

Ahhh pero no corramos tan aprisa, porque no todo el mundo aceptará que un autoproclamado cinéfilo no haya visto nunca, y cuando digo nunca es nunca, una peli de Argento, o de Cecil B. DeMille, o que no haya visto «Los Siete Samuráis», o que no haya visto más que una de Godard, o que no haya visto nada de Haneke. Joder, es que me da mucha pereza Haneke. Tampoco he visto casi nada protagonizado por Ginger Rogers ni por Clark Gable. Ah, ni soy un gran experto en Spike Lee, Bayona o Buñuel.

Pues el caso es que los hay quienes en su buen derecho asocian la cinefilia al acumular saber. Estos son los que yo llamo archiveros. Por eso decía antes que soy yo anti-archivero. Que uno sepa es magnífico, lo que no me parece magnífico es que por archivero uno se considere más cinéfilo que el que lo que hace es disfrutar como un niño de las pelis sin tener necesariamente una enciclopedia sobre el cine negro de los 40 metida en su cabezota.

Que quede claro que el archivero puede ser cinéfilo, una cosa no excluye la otra.

Este es Haneke, el señor que mencionaba antes. Pongo la foto nada más por eso de dividir un poco el texto y que no se haga (más) pesado

Esto que vengo diciendo denota muchas cosas de las que no seré ni plenamente consciente. Si alguien lo es, le felicito por su capacidad intelectiva. A mi lo que me preocupa (no me preocupa en verdad, pero creo que se me entiende), es que el archivero se las apaña fácilmente para imponerse al no archivero. Claro, que venga uno que te dice la filmografía de Ingmar Bergman de corrido y en sueco, y te suelte que Pierrot le Fou es una obra de arte plena de un artista pleno como es Godard medio que impone.

Ahora bien, esto va para ti, amigo mío, que lo que te gusta es ver una peli y comer palomitas, y que al leer lo de antes sobre Haneke no sabías por dónde te soplaba el viento: no hace falta que hayas visto Pierrot le Fou (es más, por mí ni la veas) para ponerte la placa de «me gusta el cine». Dale ahí las gracias al archivero por la recomendación, y pregúntale si ha visto «Rotuladores incandescentes» de 1976.

Que yo sepa esa peli no existe, porque me la acabo de inventar. El archivero seguramente te diga que la vio pero que no la recuerda bien. Lo de siempre.

Lo del archivero tal vez sea pseudónimo de esnob del cine, o pedante. A mí lo que me parece es de auténtico papanatas.

Todo sea dicho: la afición por el cine, lo más probable, es que conduzca a un creciente grado de archiverismo, aunque no sea intencional. ¡No pasa nada! El mero hecho de tener un fondo de armario creciente no te convierte en un insufrible archivero automáticamente. Claro que no. En archivero uno se convierte cuando mira al cinéfilo de a pie por encima del hombro.

Ese camino al lado oscuro es el que no debemos cruzar.